09.30.06
¡Ni una madre!
El antagonismo que despierta en ciertos sectores, muy minoritarios desde luego, pero paradójicamente buenos y antiguos aficionados al automovilismo deportivo (”cristianos viejos” de la F-1), un campeón de la talla y de la proyección, posiblemente histórica, de Fernando Alonso, constituye un fenómeno sociológico digno de reflexión.
Sintonizo la tele. Ocho de la mañana. La pista de Shanghai está empapada. Suspiro hondo. La meteo me ha condenado a soportar una interminable sucesión de empalagosos desatinos, en lugar de un fiel relato de la sesión de clasificación. ¡Qué se le va a hacer! Imagino, en su casa, a mi hijo Iván. Muchos años atrás, compartíamos esas emocionantes madrugadas de Japón o Adelaida. Hoy, estará echando pestes por la misma causa.
Como es sabido, los Bridgestone de agua van fatal. Hacen más lento al vehículo que los calza en unas 3 décimas por kilómetro . Dado que en los libres de ayer, en seco, la vuelta de Michael Schumacher había sido 3 décimas mejor que la de Fernando y que el circuito tiene unos cinco kilómetros y medio, es fácil prever que Alonso será algo asá como un segundo y medio más rápido. Eso, siempre que ninguno cometa un error irreversible. En cuanto al duelo Fernando-Michael pues, las incógnitas de la sesión se limitan a despejar si el primero lograr la Pole y si el segundo conseguirá estar entre los 10 primeros de parrilla. Vamos, que no habrá duelo. De ahí mis funestas previsiones sobre la calidad y el estilo alucinógeno de la retransmisión, luego inmediatamente confirmadas.
Al que suscribe le llegó la afición a la F-1 siendo “ferrarista”. Me gustaban los G.T. y los poderosos prototipos del campeonato Sport. Y ”me hice” de Ferrari, el perdedor, por llevar la contraria a Kiko Señor, el amigo listillo, que “se había hecho” de Ford cuando cambiaron las tornas en Le Mans. Eran los tiempos de la épica lucha de los 330 P contra los preciosos e imbatibles GT-40.
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Circulaba una leyenda, según la cual, Enzo Ferrari se había negado a vender a Ford la factoria de Maranello. Para humillarle, la todopoderosa Ford habría desarrollado los GT-40 Mark II con el único propósito de derrotar a Ferrari en el que hasta el 65 había sido su feudo: Las 24 Horas de Le Mans. En el 66, tres GT-40, el primero pilotado por Bruce McLaren, coparon el podium de Le Mans. Seguramente la historia no era cierta, pero la leyenda del resistente incrementaba el aura romántica que envolvía los empeños de la destronada Ferrari.
La respuesta de Enzo fue el coche más bonito del mundo, el P4. Con él devolvería la afrenta en casa de los americanos: los tres primeros en las 24 Horas de Daytona del 67.
Mi ”ferrarismo”, sin embargo, no minaba mis simpatías hacia Jim Clark, el piloto de Lotus. Pero, por aquél entonces, los monoplazas me interesaban menos. Cuando Juan Fernández lo encerraba en el garaje de los talleres “Hispano-Alemán”, en la mismísima glorieta que el cine de mi barrio, podía pasarme horas pegado a las ventanas de plástico de su Porsche 906 (los otros grandes derrotados de Le Mans). Imaginaba que conducía ese vehículo mágico, pero con ese interior y ese cuadro tan decepcionantemente espartanos. ¡Nunca hubiera podido mantener pegada la nariz a un coche sin cristales!
Tras el accidente mortal de Clark, ocurrido mientras disputaba una prueba de F-2, lo que coincidió más o menos con el final de las 24 Horas de Le Mans clásicas, empecé a seguir más los monoplazas. Y a Jacky Ickx, por culpa de Ferrari. Me gustaba el piloto, pero, sobre todo, me gustaban los únicos coches que, prácticamente, ya no motorizaba Ford. ¡Aquél mítico Cosworth de las 175 victorias!
Esa pasión no me impediría, años después, disfrutar bastante más con el estilo de conducción de James Hunt, el campeón del mundo con McLaren-Ford, que con el, mucho más fino, de Lauda, el campeón del mundo con Ferrari.
Iván no pudo ver la última vez que ganó Villeneuve. Fue en el Jarama, la primavera del 81. Aquella carrera que los cuatro primeros terminaron en el mismo segundo. Dos victorias consecutivas de Ferrari después de año y pico sin conocerlas. Iván no había cumplido dos años y se reponía de una enfermedad muy grave. Quizá, de haber ido aquel día al Jarama, me hubiera salido “ferrarista”. Siempre ha sido fanático de McLaren.
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Diecisieis años después, en Jerez, frente a nuestra localidad, Michael intentó impedir, de la única y nada reglamentaria forma que le quedaba, que el hijo de Villeneuve, Jacques, le adelantara y ganara el Campeonato de Pilotos en la última carrera: Un Gran Premio de Europa que, para completar la felicidad del chaval, ganaron los McLaren, entonces en horas bajas.
En materia de F-1, como a partir de estos antecedentes cualquiera supone, llevamos una vida de común afición sin ponernos de acuerdo en casi nada.
Un par de años después del episodio de Jerez, sin embargo, cuando Schumacher ya ganaba títulos para Ferrari, se dió una de esas escasas situaciones que de vez en mucho concitan nuestro consenso: Las expectativas sobre un piloto español que estaba haciendo buenos resultados en la F-3000, y se presumía que el año siguiente estaría en la F-1. Es buenísmo, me aseguraba Iván. Unos meses después, cuando todavía no era capaz de clasificar su Minardi para disputar las carreras, ya se había convertido en la gran esperanza española. Todo el mundo, por entonces éramos un mundo pequeñito, creíamos saber que tenía fácil mejorar a Martínez de la Rosa, el mejor piloto español de todos los tiempos con permiso del Marqués de Portago, el primer español que corrió con Ferrari.
Cuando se anunció el fichaje de Fernando por McLaren, felicité a Iván: “Enhorabuena. Ferrari se ha equivocado” decía el escueto SMS que le envié. Los dos pensamos que Fernando es uno de esos escasos pilotos que surgen una vez por década y están llamados a marcar una época. Admiramos su talento y su profesionalidad.
Mi chica es azafata. Su trabajo, como responsable de la cabina de pasaje, le obliga a diario a entrar en contacto con muchos pintamonas: famosos, famosillos y famosetes, dándoselas de gentes importantes, y con muchas gentes, importantes o no, haciéndose, sencillamente, transportar en un avión. Por oficio, o por instinto, no necesita muchos minutos para descubrir a un cretino.
Hace unos años llevó a Londres al, todavía no, Campeón del Mundo, que se iba a Kenia a preparar la temporada. Coincidió en el vuelo con los, todavía no en plural, Príncipes de Asturias. Recuerda bien las circunstancias de aquel vuelo con overbooking de personajes. Cuando alguien critica ácidamente alguna salida de tono del asturiano, que las tiene, enmienda al crítico y defiende a Alonso. Le he tratado las dos horas de un Madrid-Londres, dice, y me pareció un tío majete. Sencillo y majete. Bueno, puede que haya cambiado, con tanta adulación, no lo sé, admite últimamente ante la frecuente terquedad del interlocutor, pero entonces era ya muy famoso y me pareció un tío majo. Como creo en mi chica, conservo, junto al de Niki Lauda, el autógrafo que durante aquél Madrid-Londres, le pidió para mí.
¿Entonces qué concita tanto antagonismo?, pregunto a mi chica mientras Fernando celebra su éxito sobre el morro de su coche y yo padezco los comentarios del final de la sesión clasificatoria de China. Ella, que no hace mucho caso a la Formula Uno, está escuchando distraída los comentarios de Lobato mientras Alonso se quita el casco. De pronto, alza la vista del periódico y exclama, ¡Por Dios, que asco! ¡Es que ni una madre sería así de empalagosa hablando de su hijo!
¡Ni una madre! Creo, pues, que el antagonismo no lo despierta Alonso. Es ese coro de querubines que canta sus alabanzas en la Tierra como no lo haría su madre. Es el modo Tele 5 de narrar. Las maneras Marca o As de escribir. Un guión prefabricado en el que el monopolio de todas las virtudes se atribuye al héroe local (o nacional o universal, lo que tú quieras), rodeado de villanos, de gentes desprovistas de todo mérito. Consigue audiencias masivas, desde luego. Audiencias ignorantes y acríticas. Como “el Tomate”, Lobato.
Eres el máximo exponente de un estilo untuoso, servil, que repugna a toda persona normalmente constituida. Vuestros halagos desmedidos, vuestra exaltación inmoderada de Fernando, producen hartazgo. Empalagan y empachan a la afición entendida. Esa buena gente deseaba y esperaba hacía mucho un campeón “propio”, desde luego. Pero no había necesitado un héroe de cartón piedra para entender la belleza de este deporte. A eso se reduce el fenómeno sociológico.
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Era septiembre en Monza, pero faltaba casi un año para que Iván naciera, el dáa que James Hunt se metió entre las llamas que consumían el Lotus de Ronnie Petersson para rescatarle de entre el amasijo de hierros. Ronnie, con las piernas machacadas, moriría al día siguiente. Ya amábamos la Formula Uno entonces, Lobato. Y ninguno hubiéramos empleado ni la mitad de los adjetivos que tú dedicas a un adelantamiento de Fernando para describir aquella catástrofe y los actos de valentía, no de heroicidad, que se vivieron. No nos la hagas aborrecer ahora.
(Por fortuna, nos queda RTL: Siempre será más fácil entender el alemán que el chino, el idioma en que, creo, tú nos hablas)
El antagonismo que despierta en ciertos sectores, muy minoritarios desde luego, pero paradójicamente buenos y antiguos aficionados al automovilismo deportivo (”cristianos viejos” de la F-1), un campeón de la talla y de la proyección, posiblemente histórica, de Fernando Alonso, constituye un fenómeno sociológico digno de reflexión.
 
Esa pasión no me impediría, años después, disfrutar bastante más con el estilo de conducción de James Hunt, el campeón del mundo con McLaren-Ford, que con el, mucho más fino, de Lauda, el campeón del mundo con Ferrari.

