10.22.06
Grandes campeones, pequeños deportistas.
En los últimos tiempos se ha producido una cosecha de españoles campeones de máximo nivel sin precedente en la historia. Todos, sin embargo, parecen compartir una cierta incapacidad de admitir la derrota. Carecen de esa habilidad que tradicionalmente se ha denominado “saber perder”.![]()
Masters Tenis de Madrid. El público se comporta indecentemente con el checo Berdych, tanto durante su enfrentamiento con Nadal como durante su partido con González.
Pero lo auténticamente sorprendente, al menos para mí, que le tenía por un buen deportista y persona equilibrada, han sido las manifestaciones de Nadal. Causan una cierta preocupación, y más a reglón seguido del reprobable comportamiento del mal llamado respetable. Despedirse del contrario que te ha derrotado por tercera vez asegurándole que es “muy malo”, no es precisamente un signo de inteligencia. Pero calificar a tu rival de “estúpido” ante la prensa, es una falta grave de deportividad.
La decepción Nadal, se suma así a las de Sete Gibernau, Fernando Alonso,… Incluso Dani Pedrosa, piloto prudente como ninguno en sus manifestaciones, comenzó a deslizarse últimamente por la senda de las declaraciones exculpatorias de contenido polémico. Mal camino.
Como hemos disfrutado de pocos compatriotas campeones mundiales en competiciones del máximo nivel, cabría la posibilidad de que ignoremos que la falta de deportividad en la derrota, e incluso en la victoria, es consustancial al carácter del supercampeón. En la línea del impactante “la modestia es la coartada de los inútiles” que me espetó mi padre cuando todavía era un crío y no he conseguido olvidar después de cuarenta años. En esta hipótesis, nuestros supercampeones no serían capaces de serlo sin ese componente poco deportivo de su personalidad. La competitividad les conduciría inevitablemente por los derroteros del mal perder. En resumen, o supercampeones o superdeportistas.
Pero, claro, uno mira a otras latitudes y encuentra de todo. Y entre ese todo, grandes campeones que asumen la derrota con serenidad y sin buscar culpables reales o ficticios en su entorno o en el de los rivales.
Podría ocurrir que los comportamientos poco deportivos de los nuestros estuvieran siendo alentados, cuando no directamente inducidos, por esos periodistas deportivos que defienden su lugar bajo el sol postulando el más costroso chovinismo, en la línea rancia del nacionalismo español: Conspiración judeomasónica como explicación de todos nuestros males, y envidia mundial y pérfida Albión que te crió en refutación de nuestras miserias.
¿Y si el no saber perder se hubiera venido adueñando de nuestra cultura cívica patria, de la que nuestros supercampeones no serían sino un mínimo reflejo?
Durante los últimos dos años, por ejemplo, asistimos asqueados al espectáculo vomitivo que están dando quienes perdieron las elecciones del 14 de marzo de 2004, sencillamente porque la mayoría de los españoles así lo quisimos. Es patente, para todo el mundo menos para sus hooligans, que no asumen su derrota conforme a los principios democráticos y a la mínima lealtad exigible para con esos principios a quienes deberían ser profesionales de su aplicación, única razón que justifica que vivan de nuestros impuestos. Una parte no pequeña de los medios de comunicación presta soporte y amparo a dicho comportamiento impúdico, cuando no lo alienta.
¿De qué fuentes, entonces, deberían beber la deportividad y la elegancia nuestros jóvenes campeones, idolatrados por esos mismos medios? ¿Por qué no iban a reaccionar con parecida falta de elegancia ante los inevitables reveses de toda competición?
En todo caso, ninguno de nuestros queridos megacampeones infradeportistas debería comportarse como si ignorase que la derrota es una condición inherente a la naturaleza de la competición deportiva, para la que tiene carácter esencial. Ninguno de ellos sería nada sin la derrota.


